8 sept. 2010

Él.

Su tremenda sencillez, su ingeniosa imaginación, su lógica intelectual, el calor de su cuerpo, el color de su piel, el sonido de su risa loca y feliz, el tacto de sus manos, la fuerza de sus convicciones, el recuerdo de una foto en medio de una fuente, el amanecer resacoso de un sábado en el que pensé en hacerle el amor, la súbita esperanza de que no hubiera final. Las noches ebrias repletas de besos que ahora solos saben a mentira y a nostalgia, la extraña melancolía por las mañanas acostada a su lado, la música que daba sentido a nuestra locura y el día más feliz de su vida. Las palabras que sobraban y la atracción del mar. El pasar mi mano por su pelo. La madrugada que me despertó llorando, el cariño de su mirada, la dulzura de sus besos de esquimal, el eterno sueño de ser capaz de amar. La quietud de su caminar, el perderme en su cuerpo, su hablar en el silencio, su respiración lenta y profunda, la belleza de su ingenuidad.

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