28 oct. 2010

Rompecabezas.

No tenía sentido esperar, pero algo dentro de mí me decía que debía hacerlo. Una especie de automaltrato psicológico. Unos minutos conmigo misma, con mi maldad, con mi capacidad de doler. Un rato a solas para pensar bien mis palabras; aunque más tarde no me fuera a acordar. Es mejor así. Es mejor no pensar cómo vas a decir algo que dolerá de todos modos. Por eso siempre preferí las cartas. Pero, cuando uno escribe, las palabras están calculadas. Al hablar todo es al azar, espontáneo. Es el modo más sincero. Y cuando se trata de amueblar el daño más vale ser directo: es la única clave para no dar rodeos a la línea que lo divide todo.
Así que esperé, aunque no valiera la pena.

Otra vez Dylan, mis cigarrillos y sus filosofías.

Vuelve a visitarme Dylan con su chupa negra y sus botas de cuero. Se acerca lentamente a mi oído y susurra:"Oye, nena, estoy llamando a las puertas del cielo: líame otro de esos cigarros alemanes".
Mis manos, hábiles, lían con paciencia y dedicación, como si fuera el último pitillo que queda sobre la faz de la tierra. "Joder, muñeca, estás en la cumbre de la vida, te puedes comer el mundo; ya quisiera yo ser joven para siempre". Otra vez con su melodrama ochentero. "Venga ya, Bob, tú eres grande, joder, ¡muy grande! Deja de llenarme la cabeza de gilipolleces". Pero, de nuevo se acerca cuidadosamente a mi oído: "Nena, no dejes que tu canción deje de sonar..." Y se desvanece entre la nebulosa que desprende su cigarro.
"Me cago en la hostia, Dylan, eres un jodido cabrón con suerte".

27 oct. 2010

La noche en que el '99 llegó hasta Abril.

Itziar guardó sus recuerdos en una caja llena de purpurina.
No soportaba la purpurina, nunca le había gustado.
Era el único modo de no tener acceso al pasado que aún dolía.
Pasado, presente, futuro: el tiempo no es solo eso. El tiempo no son segundos, minutos, horas; el tiempo es darte cuenta de que te has curado, de que no te aterroriza recordar. El tiempo son momentos, golpes, sonrisas, niños corriendo por la calle.

Entonces pensé.
Yo tambien quiero guardar mis recuerdos. Pero en arena. La purpurina no me molesta. La arena me da tiricia. Asique tengo que guardar mis recuerdos, envalarlos, no poder volver a cogerlos, a mirarlos, a que me puedan hacer daño. Recolectarlos y volver a mirar al frente. Y sé que no será fácil, sé que querré voltear los ojos y vislumbrar el pasado durante un breve instante, rememorar un 1999 que me derrumbó. Pero tendré que ser valiente.

26 oct. 2010

Mírala,

la persona que más quiero del mundo.



Hermosa, ¿que no? :)

La mítica sonrisa estúpida.

Me gustas más de lo que pensaba. A veces ni yo misma soy consciente de cómo me puede atraer una persona. Pero es esa manera que tienes de abrazarme con la mirada, esos ojos que me observan con ganas de más y ese modo de pronunciar mi nombre con ternura. Cosas tan simples como esas son las que provocan que, a cada instante, me hagas un pelín más feliz.

Supe que me gustarías un martes cualquiera, cuando te ví reír por primera vez, a lo lejos. Lo supe, también, cuando te sentaste a mi lado en el australiano y no eras capaz de mantenerme la mirada. Lo supe. Y ahora, bueno, ahora estás un poco más cerca. Y me hace sentir bien. Porque me vuelvo caminando a casa con esa característica sonrisa de imbécil.

Esperando lo improbable.

Hace tarde de Ciudadela y tú no tienes ganas de verano.
No me enfado, pero me da rabia que no sepas saltar al vacío.

Acabo de darme cuenta de que soy muy dada a hacer esto, a sentarme cerca de la puerta del lugar a esperar que suceda lo improbable. No sé por qué lo hago, tal vez es solo mi forma de ser. Es esa parte de mi personalidad que pocas personas tienen la oportunidad de ver. Y él no lo sabrá nunca. Y me alegro. Y me enfado a la vez. No tengo remedio, siempre he sido la parte de la relación que espera, siempre lo seré, quien sabe si para bien o para muy mal.
Y me da rabia. Me da rabia que no vayas a cruzar esa puerta y no me vayas a ver aquí sentada, escuchando música con mis casos verdes, escribiendote lo que nunca leerás. O que si la cruces pero no sepas cómo actuar cuando lo único que pido es que te sientes a mi lado y me preguntes que me pasa y sea yo quien tenga que hablar. No es tan complicado.
Pero esta clase de cosas no suceden en la vida real.
Imagino que siempre fui un tanto soñadora.
Y ya no sé si... Ya no sé...

24 oct. 2010

Jirones.

Tengo miedo a perder algo que aún ni siquiera he conseguido.
¿Absurdo? No, para nada.

Mi falta de pasión por el deporte.

Me gustan los domingos de fútbol porque el bar de debajo del estadio está abierto y es la maquina de tabaco menos a tomar por culo de la residencia. Me encajo unos vaqueros, las converse, una camisa y la cazadora. Las calle están vacías, hace un día de mierda, tan solo abundan los miles de coches de los aficionados.
Nunca me podrá apasionar un deporte; no sé gritar de emoción y, obviamente, no es plan de ponerme a cantar Morning Sun cada vez que mi equipo marca un gol. Me podría gustar el baloncesto, de hecho me gusta, es rápido, tiene mucho más movimiento, los pases son constantes y hay canastas que me dejan flipando. Pero no me apasiona y no sé porqué. Y eso que conozco muchas personas que se desviven por distintos deportes. Incluso he visto a gente al borde de un ataque de ansiedad en los toros. Un amigo mío, en las corridas, solo dice "ole" cuando el torero hace una buena verónica o una gaonera mundial. Solo y exclusivamente en esos lances. En ningún otro. Básicamente porque está tan estresado que no puede ni hablar.
A mí nunca me pasará eso. No tengo capacidad de angustia. Y menos aún por algo que no estoy viviendo en primera persona. Me causa un poco de tristeza, porque desearía con todo mi ser conseguir emocionarme con un gol o una simple manoletina. Pero es que no me sale. Así que compro tabaco, observo un rato a la gente en el descanso, y me vuelvo a la residencia a escribir esto y a martirizarme un rato.

Los dioses nos envidian.

Regresa a mi vida con mensajes. "Tengo ganas de ver todo lo que has debido cambiar" y no me extraña. Cuando la vida pasa, cuando el deseo por otro se apaga. Cuando las pasiones de ayer dejan de ser los sueños de hoy. Cuando hace tiempo que me dejé llevar por el alcohol, por el olor de sus cigarrillos rubios.
Dejamos de ser conscientes de que nuestra historia se quedó en un bar de San Sebastián, en una madrugada de correspondencias, en un dormitorio atravesado por libros. Esperamos poder retomar años sin saber del otro en un café o alguna que otra copa.
Los dioses no están de acuerdo con lo que tenemos, nos acusan de pecado, nos escarmentan con la maldición del tiempo que vuela. Los dioses nos envidian por ser mortales, humanos, por la adrenalina que supone estar siempre expuestos a poder morir.

Volveremos a vernos, algún día, en ese bar.
Volverá a pararse el tiempo.
Volveremos a ser invisibles al mundo.
Una vez más.

23 oct. 2010

Donde Habita el Olvido.

Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior.
"Demasiadas cervezas" dijo, al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Y la besé otra vez, pero ya no era ayer, sino mañana. Y un insolente sol, como un ladrón, entró por la ventana. El día que llegó tenía ojeras malvas y barro en el tacón. Desnudos, pero extraños, nos vió, roto el engaño de la noche, la cruda luz del alba. Era la hora de huir y se fue sin decir: "llámame un día".
Desde el balcón la ví perderse en el trajín de la Gran Vía. Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vió... donde habita el olvido.
La pupila archivó: un semáforo en rojo, una mochila, un peugeot y aquellos ojos miopes, y la sangre al galope por mis venas, y una nube de arena dentro del corazón, y esta racha de amor sin apetito.
Los besos que perdí por no saber decir "te necesito". Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vió... donde habita el olvido.


Joaquín Sabina

Verdades universales.

- ¿Por qué me miras así?
- Solo miro así a la gente que me gusta.

Inesperado, sincero, divertido.

Te marchas pero la noche continúa.
Soy muy dada a los besos inesperados, y hoy quiero que sean los tuyos. Asique, una vez más, declaro que vuelvo en un instante y voy tras de ti. ¿Por qué no? No han sido pocas las ocasiones en las que me he dejado llevar y el momento se me ha pasado. Ahora ya no siento que haya que esperar. Ahora hay que actuar por muy inoportuno que resulte. Y por eso la impulsividad me puede, por eso corro tras de ti. Sin que tú lo sepas.
Caminas tranquilamente, con ganas de coger la cama: los planes no resultaron tan interesantes. Pero me planto a tu lado, sin más. Te desconcierto. "¿Porqué me acompañas a casa?" Y me río ante tanta ingenuidad. ante tanta timidez: "Ah, es que, ¿no lo sabes?". Y esta vez no me siento torpe, no se me traban las palabras. Porque los dos sabemos porqué camino a tu lado, porqué he decidido alcanzarte mientras los demás solo querían bailar. Pero preguntas, sí, preguntas a qué se debe. Entonces es mi risa la que precede a mis palabras. Pienso algo ingenioso, algo que te apasione. "Empezando por... me gustas y terminando por... quiero besarte". Ni siquiera yo me creo mis propias palabras, ¿a qué viene tanta sinceridad?
Tu portal se me presenta mucho más pronto de lo que pensaba, vaya, y ahora, ¿qué? Ahora me besas y yo hablo más de la cuenta. Y me río. Porque, entre tanta mierda, ha aparecido un hombre bueno. Y eso no me lo esperaba.

22 oct. 2010

Crosses, all over.

The street's outside your window, overflooded.
People staring they know you've been broken,
repeatedly reminded by the looks on their faces.
Ignore them tonight, and you'll be alright.

We'll cast some light and you'll be alright.
Jose Gonzalez

21 oct. 2010

Y camina.

Llueve y la ciudad se hiela. Camina sin prisas, se empapa ¿Por qué no decirlo? Le gusta mojarse. La calle y el sonido de las gotas al colisionar con el cemento. El ruido de los coches, los charcos en las aceras. Pero camina. Porque a veces es lo único que queda. Marca los pasos, a tientas, con dudas. Piensa, recuerda, reflexiona. Y camina. Lento, sin un lugar que alcanzar. Llueve y nadie la espera. "Debería dejar de hacer esto", se dice a sí misma. "Debería dejar de enamorarme del primer hombre bueno que se aparece en mi vida". Y con el corazón en la mano y el alma en los pies, prosigue caminando. Porque hoy llueve y la ciudad se hiela. Y eso le gusta.

Introducción a mi (II)

Nunca he sabido organizarme, vivo rozando el límite, bebiendo cantidades ingentes de café y consumiendo nicotina. No sé confiar en la gente, olvido los secretos y siempre recuerdo los malas palabras. Cuando quiero soy borde, muy borde y demasiado drástica; a veces también cínica y sufro ramalazos de locura. En ocasiones solo me apetece aislarme del mundo y quedarme sola, desaparecer un poco de la sociedad. Me frustran los problemas globales y no puedo estresarme con lo cotidiano. Vivo con excesiva tranquilidad y las cosas se me quedan para última hora. No puedo controlar mis impulsos, no puedo evitar ser emocional, visceral, orgullosa. Me gusta preguntarme quién soy, porque lo soy y cual es mi fruto seco favorito. Soy devota de las pasiones, de las cuestiones raras, de los placeres absurdos. No entiendo la hipocresía, las mentiras, el sentimiento nacionalista. Cuando tengo problemas no tengo facilidad para expresarlos, me puede la introspección, la empatía. Una mirada puede desarmarme y una sonrisa puede convencerme de cualquier cosa. Nunca he sido de extremos pero siento que hay cosas fundamentales por las que luchar. Me gusta mascar chicle, nadar, explotar las bolitas de aire del papel de envalar. La única energía en la que creo es el optimismo y considero la tristeza como una gran fuente de inspiración. Me mola caminar, mirar al cielo cuando pasa un avión y decir: "eh, mira, ¡el vuelo de Oceanic!". Soy friki de la música y veo cine en exceso. Me atrae el ruido de las olas del mar y mi sonido favorito es la risa de Letizia.

20 oct. 2010

Siempre lo fuiste.

Reconozco que tuve miedo, sí, mucho miedo. No al hecho de que me dejaras, no; eso ya había pasado antes y seguiría pasando. Tuve miedo a perderte, a no saber volver a empezar, a no querer continuar. Tuve miedo a que te llevarás mis ansias, mi locura, mi personalidad; como si el alejarte de mi me dejara con ese vacío de contenido vital.
Quizás exageré, lo admito, pero nunca antes me había planteado que te podías ir y me invadió el horror. Fue estúpido, lo sé, fue una discusión absurda y un enfado infundado, pero son los pequeños detalles los que cuentan, ¿no es cierto? Y me dijiste lo que nadie me había dicho: "Si no eres capaz de tolerar mis defectos, no puedo permitir que disfrutes mis virtudes". Todo tiene su precio, y yo no tenía ni idea.
Te fuiste, saliste por la puerta de mi cuarto y me dejaste sola con mi orgullo; mi combinación más peligrosa. Quise odiarte, te maldecí, pensé en apartarte de mi vida. Me autoconvencí de que no te necesitaba, de que me bastaba conmigo misma. Pero no resultó ser suficiente. Nunca fue suficiente. Así que llamé y confiaste en mí.

Un año más tarde me dejaste. Esa vez definitivamente.
Abandonaste mi mundo y tuve que rehacerlo como buenamente pude.
Dos años más tarde reapareces. Y resultas ser fundamental.
Porque siempre lo fuiste.

Te quiero,

19 oct. 2010

Sexo irreverente de adolescente punk.

La última vez fue en los '9o,
hicimos el amor y bailaste para mí,
pero de madrugada los dos nos dimos cuenta
de que era demasiado tarde, y me dejaste ir.

Cuando me iba a la luz del día,
me dijiste una vez más, tú ya lo sabes:
"Hey, Ariel, take a walk on the wild side..."

Ariel Rot - Geishas en Madrid

18 oct. 2010

Cuando me ponías a prueba.

- ¿De verdad creías que podrías olvidarte de mí?
- Pues... pues no.
- ¡¿Entonces...?!
- No sé, tenía que intentarlo.

Introducción a mí.

Perdóname si no me enamoro, si soy caótica, si no sé controlar cuánto bebo. Perdóname por lo que aún no he dicho y por lo que dije de más. Perdóname si no me gustan las relaciones, si no me van los mensajitos ñoños a altas horas de la noche, si no se me da bien hablar por teléfono. Perdóname por lo que vendrá, y por lo que ya vino, por mi obcecación con el pasado. Perdóname por no saber decir te quiero y ser incapaz de llorar. Perdóname si no me gusta estar ligada, si no me mola el sentir que pertenezco a alguien porque sí. Perdóname si no consigo ponerme cursi o cariñosa por mi alta tendencia a la tristeza. Perdóname por saltar, por caer, por mis constantes tropiezos, por mi orgullo, por mi cabezotismo, por mi vértigo, por mi locura. Perdóname si duermo poco, si fumo demasiado, si divago y me pierdo. Perdóname si no puedo prometerte fidelidad eterna ni amor profundo ni apoyo incondicional.
Y sé que será difícil, que muchas veces no entenderás por qué hago esto o lo otro, o por qué no tengo esa facilidad para cabrearme, pero juro que no te arrepentirás, que las cosas las llevo hasta el final, que no tengo miedo y que, dejando de lado todo, estoy segura de que me enamoraré de ti. Y que a mi me dolerá más.

El después que se agradece.

Ian Curtis murió joven, muy joven. Se suicidó a los 23 años, unos días después de lo que pasó a ser su último concierto y unos meses antes de que comenzara su gira por Estados Unidos. Se suicidó colgándose con las cuerdas del tendedero en la cocina. Ahora se le cataloga como otro más de los Poetas Malditos del rock. Nos dejó grandes canciones y un grupo que ahora poco se valora: Joy Division, el cual intentó reanudar la muerte convirtiéndose en New Order.
He visto Control, la película que repasa la vida del cantante, unas diez veces. Puede parecer obsesivo o friki, pero es verdaderamente fascinante. Es increíble hasta que punto puede llegar a ser controvertida la existencia, como él mismo dijo: "Existance. Well, what does it matter? I exist on the best terms I can".
Me carcome el modo que tiene nuestra propia cabeza de arrastrarnos a la autodestrucción. Nos traicionan nuestros pensamientos, nos persigue el pasado. Y lo he pensado, sí, he pensado eso de morir joven, eso de quitarme la vida en dos pasos. Y creo que es algo que todos deberíamos plantearnos. La muerte es lo último, es el eje que define nuestros límites.
¿Hasta dónde serías capaz de llegar por algo?
No pretendo suicidarme, ni mucho menos, pero, a veces... a veces he sentido algo raro. ¿Nunca te has sentido tan feliz, tan pleno, que has llegado a pensar que ya no había nada más por vivir, que ya estaba todo hecho? Los momentos cumbre marcan nuestra vida y definen nuestra existencia, porque siempre hay un luego, y muchas veces deseamos que no llegue. "Ahora estoy aquí, contigo, pero luego..." Luego quién sabe. Y eso aterra.
Por eso soy partidaria del derecho a la infelicidad, a sentirnos tristes, a hundirnos cuando necesitamos hundirnos. Porque, entonces, solo entonces, el luego será mejor. Mucho mejor. Y eso... reconforta.

¡Por fin me lo saco de la cabeza!

Because,

WE are your friends,



YOU'll never be alone again!

16 oct. 2010

Valiente.

Me acusaste de mi silencio y me quedé aún más muda.
A veces tengo miedo de mis palabras, de la capacidad que tienen para dolerte y hacerme temblar. Cierta noche me hiciste ver que lo mejor de mi era lo que nunca llegué a decir, y más tarde tu enfado se debía a mi incapacidad para expresarme. Nunca se me dió bien hablar y eso te torturaba.
Cuando te han hecho tanto daño es difícil entregarse a los demás, y a mí se me presentaba la mar de complicado decir que te quería. Para tí era sencillo y eso me tranquilizaba: saber que te importaba lo perdida que me sentía. Te enamoraste un poco de mí, o eso creo. Por eso no fue sencillo. Aunque nunca es sencillo abandonar a quien se aprecia.
Nunca le gustaste a mi madre, pero cuidabas de mi, y lo agradecía. De hecho, has sido la única persona no perteneciente a mi familia que de veras me ha cuidado. Mi seguridad era primordial para tí, jamás supe porqué. De por sí se me hacía raro que alguien me pudiera querer tanto, obviando mis defectos, mis imperfecciones, mi manera de ahogarme en mí misma.
Demostraste valor al enfrentarte a mis enfados.
Demostraste valor al enamorarte de mí.

14 oct. 2010

El modo que tienes de robarme la felicidad.

- ¿Te sorprendería si te dijera que yo también te echo de menos?
-[...] Estoy cansada, ¿sabes? Estoy cansada de cuidarte, de morirme cada vez que te pasa algo y verme obligada a ponerme en pie. Estoy cansada de perseguirte, de mencionarte, de echarte de menos. No sabes cómo se me presentan las noches cuando eres mi único pensamiento, cuando no hago más que pasar una y otra vez por encima de cada uno de mis recuerdos. Es terrible, ¿sabes? Sobretodo cuando me entran esas ganas de llamarte... y luego nunca sé qué decir. Porque soy capaz de inventar cualquier escusa solo para escucharte reír... ¿Recuerdas la noche del diluvio, cuando caminamos hasta mi casa? Hubo un momento, frente al Casino Militar; tú estabas a un lado de la barandilla y yo al otro. Estábamos cantando alto, altísimo, casi a voz en grito, y me dijiste que eras feliz, tremendamente feliz, y que lo único que podría hacerte aún más feliz era que bailara, ¿te acuerdas...? Y no lo hice... no fui capaz, no podía. Solo tenía ganas de llorar. Me sentía estúpida, burda, banal. Me dí cuenta de cuánto te odiaba. No aguantaba hacerte tan feliz y que, aún así, no fueras capaz de decirme que me querías. Porque nunca te atreves a nada. Y necesito que me hagas entender algo de esto, porque para mi es el doble de difícil... Joder, ¿en qué momento decidimos destrozarnos el uno al otro, eh? ¿Desde cuando no dejas que te quiera? ¿Te das cuenta de lo complicado que es odiarte y amarte al mismo tiempo? ¿Te das cuenta de lo que generas en mí...? No, no tienes ni idea; tú nunca sabes nada. Y me haces sentir patética... patética... ¿Cómo se supone que debo afrontar que la persona que más daño me hace sea también la que más felicidad infunda en mí? Porque yo no le encuentro el sentido... Me debes demasiadas explicaciones... y ni siquiera sabes cómo dármelas...

Tú, yo... la cama.

Me gustan las lavadoras y ese ruido que tienen de "clon, clon... clon, clon" como si intentaran salir huyendo. Me gusta coger un boli e imaginar, recorrer los renglones del papel y no seguirlos: desmontar las palabras. Pero la guitarra de Humberto se llama Verónica por mucho que me dé por decirle Maria Dolores. O mejor, Mariadoloreh! en plan murciano. Y, ahora que lo pienso, también me molan los estancos, sobretodo los pequeñicos. Algún día tendré uno. Es un sueño absurdo, lo sé, pero me gustan las cajetillas y los paquetes de tabaco amontonados. Y ese olor como a puro, ¿verdad? Y los estantes con Zippos. Mira que me lo tengo dicho, pero mi relación con las escaleras es escabrosa. Ando siempre tropezando. Venga, ¿a quién no le han empujado en el metro? ¿Quién no se ha agarrado sin querer a una mano que no era la de su padre? Que yo también me pierdo, que yo tambien me enfado, que yo también me pierdo por tres segundos con su mirada. Sí, ya, vuelvo a divagar, ¿qué? Me gusta caminar y pensar. Me gustan las plazas con fuentes, y el cesped de la universidad. Y, claro que sí, el olor a café recién hecho. Venga, una vez más: tú, yo... la cama.

13 oct. 2010

Lo más pepino de mi vida.



Te extraño. Te extraño una barbaridad.
No veo el momento de verte y de tomarnos un cali.
Se me antoja difícil escribirte. Quizás nunca fuimos del todo sinceros. No, esa no es la palabra. Quizás, simplemente, nos cuesta más decirnos que nos queremos. A veces es complicado, sobretodo contigo. No por nada eres la persona a la que más me cuesta decirle que la echo de menos. Porque tenemos un permiso especial para demostrarnos las cosas.
Creo que pocas veces he sido tan feliz que en aquel momento, contigo, en el concierto de los Arctic. Jamás olvidaré tu cara al sonar los primeros acordes de When The Sun Goes Down. Fue demasiado pepino. Somos demasiado pepino. Ya lo dije una vez: tenemos todas las virtudes. Tanto las de amigos como las de novios. Y no te cambiaría por nada.
¿Porqué no decirlo? Me cuesta afrontar los miércoles sin recibir tus llamadas de "eh, ¿nos tomamos unas birras?" y acabar cantando por la ventana y que quieran llamar a la poli. Maldita sea, no sabes lo feliz que me haces. No se te puede pasar por la cabeza. Y te extraño, te extraño una barbaridad. Porque no veo el momento de verte y tomarnos un cali.

Mi soñadora.



Yo quería regalarte una estrella para tí sola, para que la pudieras guardar en alguno de los cajones de tu escritorio y abrirlo de vez en cuando para que te diera algo de luz, para que te guardara un poco de mi compañía cuando yo no estuviera, pero resulta que no las vendían.
Entonces pensé en regalarte un cuadro de Soroya, para que lo colgaras sobre tu cama y diera algo de calor al frío de algunas noches de tristeza, pero llegué tarde, y no quedaban ya en el mercado.
Así pues investigué dentro de mi música para encontrar una canción que, al escucharla, te devolviera un poco a la vida, que consiguiera despertar esa sonrisa tímida y plácida que se te escapa cuando crees que nadie te mira, pero pedía demasiado y, aunque busqué hasta rabiar, no había melodía que me convenciera.
Por lo tanto solo me quedaba una única cosa a la que reducirme, algo que no se puede comprar con monedas, algo que no se encuentra en todas partes, algo íntimo y absurdo, algo mío para sacarte del agobio de la rutina, algo que pudieras ver para recordar, para volver a imaginar, para reflexionar y dejar volar el pensamiento durante unos breves instantes. Me reducí a escribirte. Porque a veces siento que puedo llegar un poco más hondo con palabras. Porque es lo único que se hacer. Porque es lo único que se me ocurría a las dos de la mañana. Porque estas lejos y quiero tenerte cerca.

12 oct. 2010

Mi opinión rollo filósofo.

- ¿Crees que es una estupidez? La estupidez es no decirlo, la estupidez es callártelo. Es mucho peor porque, al fin y al cabo, si te lo callas eres un cobarde. Yo nunca me he callado nada, algunas veces me ha ido mal pero, al menos, soy sincero y voy con la verdad por delante. Eso es ser valiente: enfrentarte a lo que la vida te depara.

(P. L. G.)

11 oct. 2010

De ser capaz.

Anoche, durante otro de mis (ultimamente demasiado constantes) insomnios, cavilé sobre algo en lo que jamás me había parado a pensar: ¿somos nosotros quienes encontramos a las personas o son ellas las que nos encuentran a nosotros? En realidad, no llegué a ninguna conclusión, pero reflexioné sobre mi amistad con la chica de los ojos verdes.
Tengo la sensación de que ha sido ella quien me ha encontrado a mí. Ha sido ella quien ha volcado parte de su mundo dentro del mío. Fue ella quien, a definitivas cuentas, me inspiró para estudiar la carrera que estudio, aunque lo ignore.
Porque es mucho lo que desconoce de lo que me hace sentir. Probablemente porque nunca he sido demasiado extravertida ni, mucho menos, cariñosa. Pero, de serlo, le diría lo sencillo que es asistir a clase cuando sé que hará como que se enfada si no voy; le contaría lo mucho que me gusta conseguir hacerla reír y le demostraría que no tiene motivos para esconder lo que es y lo que siente por quien yo me sé. De ser capaz, le invitaría a todos los cafés del mundo por dos segundos con sus palabras, con partes de su vida, de su pasado, de lo que escribe. ¡Y cómo escribe! ¡Y cuánto la envidio! ¡Y como irradia felicidad por todos sus poros! Porque es fácil emocionarla, porque no le cuesta nada sonreír cuando a mí más pesado se me plantea.
Y entonces es inevitable pensar que es ella quien me ha encontrado, que es ella quien me ha abierto un nuevo horizonte. Porque yo jamás hubiera podido encontrar a alguien como ella si me lo hubiera propuesto, porque soy torpe y miope, siempre cargando con las dioptrías de el que camina por la calle sin fijarse en la gente.
Y por eso siento que soy más afortunada de lo que nunca llegué a pensar, porque tengo la suerte de tenerla cerca, aunque solo sean unas pocas horas al día, cada mañana. Porque, ¿sabeis qué? ni os imaginais lo increíble que puede llegar a ser la chica de los ojos verdes. No teneis ni idea. O quizás sí, quizás alguien sí... y yo las disfruto juntas cinco días a la semana, todas las semanas del mes.

10 oct. 2010

Riesgo y altura.

Ocho de la tarde y tus miradas me tocan.
Desenfocas mi realidad.
Agitas mi vida.
Y la colocas como te place.

Ocho y seis minutos y tus manos me desnudan.
Reconstruyes el pasado.
Besas lentamente mi alma.
Y destapas mi sentir.

Se eriza mi piel con el contacto de tus dedos,
con ese ir y venir por mi espalda.

Inventas poemas con tus manos,
y empapas los versos de susurros,
con el inquietante sonido de palabras
que me hacen perder la razón.

Riesgo y altura
cada vez que me rozas
con miradas y silencios,
con ese calor tibio
que alberga tu cuerpo
...y tu sentir.

¡ALA!

¡Me cago en la hostia como llueve en esta ciudad!

Blasfemias.


- ¿Qué demonios es eso?
- ¿Eso...? Es el llamado "candado de los enamorados".... se supone que las parejas compran un candado, lo enganchan a esta cadena y arrojan la llave al Tiber.
- Y, ¿después?
- ¿Después...? Después hacen como que están super enamorados, actúan como si la otra persona les importara un montón, se pasan un tiempo super convencidos de que lo que han hecho es algo super bonito, super romántico y, cualquier día, se dan cuenta de que es una memez, que el amor no es un jodido candado anclado en una mierda de puente que da a un río sobrevalorado. Se dan cuenta de que el amor es como el mar, que estar enamorado es una putada que hay que sentir por lo menos una vez en la vida. Pero que no hay que firmarlo. El amor no se firma, y menos aún con objetos, joder, por eso le llaman hacer el amor a follar. Porque el amor son actos, no putos candados. Jamás se me ocurriría hacer una gilipollez así. Encima, ¡un candado! ¡un maldito candado! Mira que hay metáforas, pero justo tenían que blasfemar.

Suspiros que se escapan.

De ser capaz,
te suicidaría
y volvería a vivir.

De ser capaz,
guardaría los recuerdos en una caja
y la escondería sin más.

Quizás así encontraría un refugio donde quedarme,
una casa de gominolas
o puede que tan solo un colchón.

Si llegara a atreverme,
me comería de nuevo el mundo
y dejaría de pensarte.

Si llegara a conseguirlo,
me iría lejos
y dejaría de soñarte.

Puede que me haya quedado atrás,
en un lugar olvidado,
o en un semáforo en rojo.

De tener la suerte,
jamás te hubiera conocido
y podría continuar en paz.

De creer en los milagros,
ahora estarías aquí
y crearías un universo paralelo.

Porque es poco en lo que creo,
pero es suficiente.

Tal vez,
en algún lugar,
inventaste una poesía
con mi cuerpo,
con mi voz,
con mi silencio,
con mis ojos,
con mis sentimientos.

Tal vez,
quizás,
en primer plano.

7 oct. 2010

Conversaciones ausentes.

- ¿Porqué estás aqui, Hache...?
- Por favor, basta, no son horas para ponerse así...
- No, en serio, quiero saberlo, quiero saber qué era eso que decías antes.
- Yo que sé, Marta, ¡no sé explicarlo! Déjalo.
- ¿Por qué estás aquí...?
- Joder, me vas a dar la noche... ¿Quieres saberlo...? Mira, cuando te ví llorar por primera vez fue como si el mundo, ¡mi mundo!, se parara; y yo no sabía qué decir. Porque no me enseñaron a consolar a la gente. Nunca he sabido y nunca sabré. Y nunca me había molestado hasta que te conocí. Hasta que me choqué contigo. Porque eso es lo que haces: chocar, chocar contra mi vida. Y desmontarla, desmontarla como los puzzles que hacía de pequeño. Antes me daba igual, antes creía que valía con quedarme callado y escuchar, antes creía que con un abrazo bastaba para que la otra persona se sintiera bien. Pero contigo no es suficiente. Contigo es como si me sintiera la persona más tonta del universo. Porque nunca sé qué hacer. Nunca sé si me quieres o si me odias. Porque eres obstinada y cabezota y orgullosa y siempre hablas por mí antes de que yo pueda decir nada. Porque siempre vas tres pasos por delante. Y no lo sé, no sé porqué estoy aquí, ahora, contigo. No lo sé y me aterra. Me aterra porque sé que tú sí lo sabes. Y me achanta porque puede que responda lo que no estabas pensando y te siente mal. Porque no quiero defraudarte. Porque necesito que me quieras, para que cuando yo esté mal tenga a dónde ir. Y también necesito que me odies. Sé que te pido algo imposible, sé que no me vas a hacer caso pero, no me quieras tanto, Marta, de verdad, no me lo merezco. No puedo quererte. No puedo devolvértelo. No puedo. No soy empático, no tengo esa capacidad tuya para sentir con tanta facilidad. Y esa noche, al verte llorar, todo en lo que creía se hundió. Te juro que se hundió. Ya no tenía sentido. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué hacía una chica tan preciosa como tú llorando...? No me cabía pensarlo. Y tuve que armarme de valor. Porque te odio. Porque no aguanto que me quieras. No lo soporto. Me atormenta, Marta, me atormenta cada mañana. ¿De qué me sirve decirte todo esto? ¿De qué me sirve contarte que a veces se me traban las palabras cuando estoy a tu lado?

Ni Daiquiri blues,

en la noche de sábado...
...para mojarte los labios.

Quién sabe por qué.

Hache, tú siempre me preguntabas si era feliz, y era difícil responder que no cuando te encontrabas tan cerca. Muchas veces pensé que ese era el comienzo de la felicidad. Y es ahora cuando me doy cuenta de que me equivocaba: esa era la felicidad en sí misma.
Sentí verdadera plenitud aquella mañana. Cuando aún no te amaba. Sentí que mi vida era mía, que me pertenecía. Sentí la verdadera libertad de elección que tenemos las personas. Es incluso extravagante que me tuviera que escapar de casa para sentirlo, que me tuviera que ir tan lejos, tan cerca del mar. A ese lugar donde reside mi alma pionera.
Nunca olvidaré esa confesión ebria de mi padre en la fiesta de 50 años de mi madre, cuando me dijo lo hermosa que le había parecido aquella fuga repentina: "...que sepas que, por mucho que me cabreara, me parece precioso que te fueras a Murcia sin decirnos nada". Y yo lloraba de emoción. Porque, en el fondo, soy muy como mi padre. Tan sensible y profunda y visceral.
Eso era lo que me pedía el cuerpo: largarme sin avisar, tener la oportunidad de ser la dueña de lo que hago; con consecuencias, ilusiones y decepciones.
El espanto de mis progenitores fue monumental, no sería menos. Imagino que, el hecho de que tu hija de 16 años salga por la puerta diciendo que duerme en casa de una amiga y se despierte anunciando que está en otra provincia, le hace a uno plantearse qué está sucediendo exactamente.
No sabría explicar porqué lo hice. Quizás me movía el encanto de la playa mientras me sentía tan sobrecogida con todo. Quizás me empujó la extraña tendencia que tengo a querer desaparecer. Imagino que las personas como yo necesitamos hacer cosas así.
Y por eso mismo lloré tanto cuando mi padre me dijo eso. Porque me enseñó que, en ocasiones, la locura que mayores consecuencias trae, es aquella que, en un futuro, más puede llegar a recomfortar. No sé en qué momento me enamoré tanto de aquel lugar. Tal y como dice cierto escritor: el corazón reside donde se encuentra la infancia. Y es tanto lo que he vivido allí que aún se me presenta increíble esa relación que mantengo.
No soy una persona extrovertida en cuanto a mis sentimientos, más bien me recojo en mis propias cavilaciones, en mi querido silencio. Pero, joder, aquella noche mi padre me tocó la fibra moral. Como si de verdad hubiera tenido sentido, como si él también lo comprendiera...

Y bailamos Think hasta el amanecer.

6 oct. 2010

Ahí va.

He respondido que sí. Pero tú aún no lo sabes.
Por ahora me lo guardo para mí. Para estar segura de lo que hago.
Siempre me he dicho que hay que tener por lo menos 10 motivos para estar junto a una persona. Está bien; ahí va:

1. Porque accediste plácidamente a quedar conmigo sin siquiera conocerme.
2. Porque me dijiste: "¡eh! Relájate, yo estaba igual." Y era cierto.
3. Porque me haces reír a carcajada limpia. Y acabas riéndote tú también.
4. Porque eres de los hombres más guapos que he visto nunca.
5. Porque no eres la clase de tío que regala flores.
6. Porque pretendes invitarme al concierto de Bunbury.
7. Porque incluso me encuentras deslumbrante por la mañana.
8. Porque me regalaste una libreta.
9. Porque tienes esa manera intelectual de beber café pausadamente.
10. Porque eres real. Y sigo sin creérmelo.

5 oct. 2010

Etéreo caos de formas perfectas.

Se difumina la noche igual que un cuadro de Cezzane. Despiertan los fantasmas que habitan el presente y traen consigo el pasado. El humo de un cigarro en suspensión y una canción. Vacilan los recuerdos entre nebulosas y lagunas. Matizan cada paso, cada movimiento de esta habitación osura y templada. Nunca tan pocas notas me hicieron sentir tan extraña. Nunca me había visitado con tanta fuerza ese ente que es la nostalgia y la melancolía.
Etéreo caos de formas perfectas.
Negro cielo de estrellas amarillentas.
Cuantas veces mencioné su nombre sin si quiera pronunciarlo. Sílabas que se traban en mi paladar como la estrofa que nunca llegué a aprender. Sonetos sumergidos en whisky. Delírios adolescentes empapados en pacharán. Y su voz. Tiniebla entre las tinieblas. Neblina de mis emociones. Motor de mi sentir.
Quise acabar con ese encanto místico de la persona que habla en su propio silencio. Esa soledad sonora del mutismo, esa atracción fatal que tiene su mirada. Quise destrozar algo hermoso, abandonar la pureza de las palabras e investigar dentro de mí. Y sin saber qué buscaba encontré aquello que todos deseamos sentir y por lo que, una vez experimentado, rezamos por no volver a pasar.
Me desligué de todo lo que era y fui, y me dejé llevar por lo que podía llegar a ser. Pero, cuán controvertido es el ser humano que se convence de mentiras y engaños. Que se deja seducir por los bálsamos del que ama y no deja ser amado.
Asique inventé su olor entre mis sábanas.
Traté de olvidarle con otros cuerpos.
Pero la cama no hacía más que llenarse de telarañas, y crecían los fantasmas. Me perseguía la memoria de sus curvas, de su pelo, de ese punto en su cadera un centímetro más abajo de su ombligo, dos pasos más cerca de la plenitud.
Me arrastraba hacia la locura el mísero pensamiento de su piel. Caía en el remolino de las emociones discontínuas y descendía dentro de ese agujero negro que es el imaginar otra respiración. Una respiración intensa y profunda al otro lado del colchón. Me seducía cada rincón de su personalidad vulgar y desentonada.
Como aquella canción que decía:
I'm going back to 505...
y camuflaba mi amor por deseo.

Ella, sin más.



- La quieres, ¿verdad?
- Sí, muchísimo. Se lo digo todos los días y, aún así, siento que no basta.
- ¿Cómo es? Siento curiosidad, siempre estás hablando de ella o de cosas que os pasaron juntas o frases que dice o... no sé, ¡de todo! ¿Cómo es?
- ¿Dices físicamente o de personalidad?
- Pues... de todo, en general, cómo es ella.
- Bueno, si te pasas por el tuenti hay fotos... y con los comentarios que me deja y los tablones que tiene con textos y música y vídeos te haces una idea de cómo es.
- No, ya, pero quiero que me lo cuentes tú.
- ¿Yo...? Pues, a ver, ¿qué te puedo decir de ella...? Es rubia... alta como yo, con un color de ojos verde extraño pero super chulo, cambiante... A ver, no es una tía lo suficientemente despampanante como para girarte por la calle a mirarla pero, joder, cuando se te sienta enfrente y se pone a hablarte... es como si fuera la tía más atractiva del mundo. Tiene esa clase de belleza diferente, poco común. Sobretodo porque se mezcla con su carácter. Y ahí estás perdido...
- ¿Perdido? ¿Cómo que perdido...?
- ¡Sí! ¡Perdido! Es super irreverente, con ese punto de inteligencia aplastante de las personas ingeniosas, no sé si me sigues... Además es divertidísima. Tiene una rama de locura genial. Es la clase de persona a la que, un martes cualquiera, le cuentas que estás mal, que no tienes ganas de nada y te viene con algo como: "Marta, ¡vamos a emborracharnos!". Es genial: GENIAL. Sobretodo porque entiende de qué va la vida. O no lo entiende pero: LA VIVE. ¿Sabes? Siempre tiene ganas de comerse el mundo, de continuar, de dejarse llevar, de plantarse en mi casa a comer ensaladilla rusa y espetec. ¡Joder! ¡Espetec! ¡Cómo le gusta el maldito espetec a la jodía! ¡Jaja! Es increíble, en serio, tienes que conocerla. Tienes que conocerla porque las personas como ella son fundamentales en la vida de gente como tú o como yo. ¡Qué coño! ¡En la de todo el mundo!
- Jo, ¡se nota que es tu mejor amiga!
- Ya... ya lo sé. Es imprescindible, de verdad, no hay nadie como ella. Puede que haya personas muy parecidas, pero nadie como ella. Y no cambiaría un solo detalle de cómo es. Ni siquiera su mal genio, me da igual, me gusta que sea tan cabezota y tan orgullosa cuando se cabrea. Porque no se enfada nunca. Porque sabe cuándo enfadarse. Y me encanta, joder, me encanta que sea mi mejor amiga, que pueda contarle lo que no le cuento a nadie, que me entienda, que me ayude, que me saque una sonrisa cada vez que me dice que me quiere...
- ¡Cualquiera diría que estás enamorada de ella!
- Y lo estoy. Lo estoy. Con todo mi ser. Y, ¿sabes qué? Me da igual que la gente no lo entienda mientras ella lo sepa. Porque por eso mismo lo que tenemos es tan guay, tan especial, tan acojonantemente divertido. Porque es mi hermana, y mi socia, y mi sultana, y mi Margot, y mi Lady Madrid, y mi todo...
- Me encanta cuando hablas así de las personas que te importan. Me haces sentir que la vida merece la pena.
- Es que así es como debe ser.

4 oct. 2010

You want me?

No es que me engañe, es que me gusta jugar.
Miradas. Atracción. ¿Estás en casa? La última copa la pongo yo. La última... o la penúltima. O la primera, como quieras afrontarlo. Me desvía la noche. ¿Me quieres? Como si importara. Cigarrillo en mano. Tú en el sofá. Bailar. Siempre te gustó verme bailar. Y esa forma que tengo de sonreir en mi propio silencio. ¿Con Coca-Cola o sin más? A estas horas ya da igual. Se inunda la habitación de humo. Miradas. Atracción. Hay que hacer algo para descolocar este órden. ¿Pongo música? Esas notas se deslizan. Tu deseo se desvive por mi cuerpo. Mi cuerpo se desvive en tu deseo. A veces me llama la locura. El desenfreno. Joder, a mi todo esto se me hace eterno. Basta ya de miradas. Basta ya de cruzar palabras. You want me? Fuckin', come on and break the door down. Y otra vez ese punto entre el deber y el querer. Es jodido punto de mierda. Ya no me basta con besarte. Y no debo ir más allá. El cigarro se consume. El cenicero se desborda. Y tú en el sofá. Y yo bailándote la noche. Queriendo ir más allá. ¿Te pongo otra copa? Pero yo lo que quiero es tumbarte en el suelo...

htttp://www.youtube.com/watch?v=mcYu5Vg_YH8

2 oct. 2010

Me encanta.


A Sandra le gusta comer aceitunas mientras camina por la calle, las cafeterías con poca gente, los bares de ambiente, el placer de comerse un bocata tirada sobre la hierba, las personas interesantes, los proyectos de futuro, el sueño de ser arquitecta y autónoma, la música de Quique Gonzalez, la canción Domingo Astromántico, la risa que se le escapa mientras habla, los abrigos largos, la buena comida y los pintxos de tortilla, la habilidad de la gente de pasar del resto del mundo, las mesas a la sombra en las terrazas, caminar por las calles de lo viejo y ver el futuro como una posibilidad, no como una orden. A Sandra le gusta una persona. Y a mí me encanta que se gusten.

Me haces falta.

Es íncreible cuánto puedo llegar a echarte de menos.
Dos menos tres de la mañana y vuelves a estar en mi cabeza.
A este cuarto le falta otra respiración.

Quiero borrarte, anularte, convertirte en una letra muda en mi vida.
Una H que jamás llegó a ser nada.
Pero es difícil, muy difícil.
Sobretodo cuando me vienen a la memoria ciertos guiños, ciertas frases, ciertos gestos, que sólo son nuestros, que no pertenecen a nadie más, que dan sentido a lo que somos. O a lo que no somos. Porque así van las cosas. Vertical y transversal todo el rato. Tú arquitecto, yo en proceso de filósofa. ¿Qué clase de pareja es esa? Mis padres son los dos historiadores, y congenian, se completan. Uno es de antigua y el otro es de moderna. Joder, y, ¿tú y yo qué? Está claro que somos una historia sin remedio, un renglón torcido. Somos lo que no debió suceder.
Y me enamoré de ti.
Claro que sí.
¿Cómo no iba a hacerlo?
Es ese intelecto, esa manera de hablar, ese caminar pausado, esa tranquilidad, esa euforia. Y yo incondicional. Por supuesto. Porque no hay manera humana de que alguien como yo no acabe por sentir lo que siento por alguien como tú. Paralelos y perpendiculares. Dos rectas que quieren ser curvas para unirse. Y a mí me dejas como una asíntota que no sabe si será transversal en algún momento.

Nada de esto tiene sentido.
Y, quién sabe por qué, es lo que más me gusta de nosotros.
Que somos un error. Somos lo que no debió suceder cierta noche número 14.

¡Dios! Mira mis manos, ¿ves? No pesan nada, ¿ves? Estan flotando, ¿ves?
Pero no acabo de estar conforme.
Porque duele, ¿sabes? Duele que no te dejes llevar.
No es que pretenda que me quieras como te quiero. Ojalá nunca lo hagas. Ojalá no tengamos que bailar vals en la celebración de nuestra boda. Tan solo te pido un tiempo, un tiempo en el que pueda mostrarte lo ALUCINANTE que puede llegar a ser estar juntos.
Juntos de algún modo. No entiendo esa manía de la gente de ponerle nombre a las cosas. Lo nuestro no lo tiene: sobran palabras. Tenemos algo mucho mejor, tenemos la oportunidad de decidir, de escoger una vida de arrebatos, de impulsos, de locura. Como cuando sonaba Crying Lightning en concierto, ¿recuerdas? Me besabas de un modo imposible, como desahogando toda esa atracción que llevabas sintiendo semanas, ¡meses!
Y mis palabras solo son vapor de cristal.
Y mis palabras te llegan pero no te alcanzan.

Llévame al baile.
Joder, no te pido mucho más.
No tenemos que ser como los otros; no queremos ser como ellos. Podemos crear nuestro propio universo, nuestra propia forma de estar unidos y desligados. Como cuando dijimos lo de vivir juntos. Igual podríamos pasar una semana sin hablarnos y querernos igual. Me basta. Es suficiente. Con saber que me quieres está bien. Aunque solo me quieras una semana. Pero, dímelo, dime que me deseas, que a veces te mueres por mi cuerpo en tu cama, que te mata lo insoportable que puede llegar a ser la distancia.
Dame señales de que tenemos algo que puede llegar a funcionar. Algo. Me da igual. Lo que sea. Pero expresame un poquito más lo que quieres.
No es que esté harta de hacerlo todo yo, no es que pida algo a cambio, es solo que me muero por verte sonreír de otra forma. Como si de verdad pensaras que podemos continuar con esas noches.
Te amaba, ¿sabes? Te amé de ese modo inabarcable.
Me desvanecía en un sentimiento, en una emoción.
Me podía esa mirada, esos ojos que me observaban.
Y ahora me reduces a lo peor. Me reduces a pensar que todos estos kilómetros que nos separan, nos separan de verdad. Que entorpecen la sensación que tuve cuando me dijiste que me querías y que no podías, que te pesaba el hecho de que yo sintiera algo más.
¿Qué más dá?
Solo quiero tu olor. Tu olor en mi almohada. Solo quiero que vengas a verme y me digas: "vamos a pasarnos todo el día borrachos", y acabe por ser uno de los mejores días de tu vida. Solo quiero una mirada, un gesto, una palabra, que deje a un lado todo lo demás, que exprese tu vitalidad, tu felicidad.
Sé egoísta, atrévete a suicidarme de tu vida.
¿Acaso conseguirías algo?
Me quieres y te quiero. Y eso es lo que importa.
...y ahora relájate...

1 oct. 2010

Espero curarme de ti.

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las pescripciones de la mural en turno,
me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho ni es poco, es bastante.
En una semana se pueden reuinir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego.
Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado.
Y también el silencio. Porque las mejores palabras de amor están
entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que
te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua",
"¿sabes manejar?", "se hizo de noche"... Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías,
te he dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía:
"te quiero").

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo.
Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras:
guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura.
No sirve, es cierto.
Sólo quiero una semana para entender las cosas.
Porque esto es muy parecido a estar saliendo de
un manicomio para entrar a un partenón.

Jaime Sabines.