18 oct. 2010

El después que se agradece.

Ian Curtis murió joven, muy joven. Se suicidó a los 23 años, unos días después de lo que pasó a ser su último concierto y unos meses antes de que comenzara su gira por Estados Unidos. Se suicidó colgándose con las cuerdas del tendedero en la cocina. Ahora se le cataloga como otro más de los Poetas Malditos del rock. Nos dejó grandes canciones y un grupo que ahora poco se valora: Joy Division, el cual intentó reanudar la muerte convirtiéndose en New Order.
He visto Control, la película que repasa la vida del cantante, unas diez veces. Puede parecer obsesivo o friki, pero es verdaderamente fascinante. Es increíble hasta que punto puede llegar a ser controvertida la existencia, como él mismo dijo: "Existance. Well, what does it matter? I exist on the best terms I can".
Me carcome el modo que tiene nuestra propia cabeza de arrastrarnos a la autodestrucción. Nos traicionan nuestros pensamientos, nos persigue el pasado. Y lo he pensado, sí, he pensado eso de morir joven, eso de quitarme la vida en dos pasos. Y creo que es algo que todos deberíamos plantearnos. La muerte es lo último, es el eje que define nuestros límites.
¿Hasta dónde serías capaz de llegar por algo?
No pretendo suicidarme, ni mucho menos, pero, a veces... a veces he sentido algo raro. ¿Nunca te has sentido tan feliz, tan pleno, que has llegado a pensar que ya no había nada más por vivir, que ya estaba todo hecho? Los momentos cumbre marcan nuestra vida y definen nuestra existencia, porque siempre hay un luego, y muchas veces deseamos que no llegue. "Ahora estoy aquí, contigo, pero luego..." Luego quién sabe. Y eso aterra.
Por eso soy partidaria del derecho a la infelicidad, a sentirnos tristes, a hundirnos cuando necesitamos hundirnos. Porque, entonces, solo entonces, el luego será mejor. Mucho mejor. Y eso... reconforta.

¡Por fin me lo saco de la cabeza!

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