5 oct. 2010

Etéreo caos de formas perfectas.

Se difumina la noche igual que un cuadro de Cezzane. Despiertan los fantasmas que habitan el presente y traen consigo el pasado. El humo de un cigarro en suspensión y una canción. Vacilan los recuerdos entre nebulosas y lagunas. Matizan cada paso, cada movimiento de esta habitación osura y templada. Nunca tan pocas notas me hicieron sentir tan extraña. Nunca me había visitado con tanta fuerza ese ente que es la nostalgia y la melancolía.
Etéreo caos de formas perfectas.
Negro cielo de estrellas amarillentas.
Cuantas veces mencioné su nombre sin si quiera pronunciarlo. Sílabas que se traban en mi paladar como la estrofa que nunca llegué a aprender. Sonetos sumergidos en whisky. Delírios adolescentes empapados en pacharán. Y su voz. Tiniebla entre las tinieblas. Neblina de mis emociones. Motor de mi sentir.
Quise acabar con ese encanto místico de la persona que habla en su propio silencio. Esa soledad sonora del mutismo, esa atracción fatal que tiene su mirada. Quise destrozar algo hermoso, abandonar la pureza de las palabras e investigar dentro de mí. Y sin saber qué buscaba encontré aquello que todos deseamos sentir y por lo que, una vez experimentado, rezamos por no volver a pasar.
Me desligué de todo lo que era y fui, y me dejé llevar por lo que podía llegar a ser. Pero, cuán controvertido es el ser humano que se convence de mentiras y engaños. Que se deja seducir por los bálsamos del que ama y no deja ser amado.
Asique inventé su olor entre mis sábanas.
Traté de olvidarle con otros cuerpos.
Pero la cama no hacía más que llenarse de telarañas, y crecían los fantasmas. Me perseguía la memoria de sus curvas, de su pelo, de ese punto en su cadera un centímetro más abajo de su ombligo, dos pasos más cerca de la plenitud.
Me arrastraba hacia la locura el mísero pensamiento de su piel. Caía en el remolino de las emociones discontínuas y descendía dentro de ese agujero negro que es el imaginar otra respiración. Una respiración intensa y profunda al otro lado del colchón. Me seducía cada rincón de su personalidad vulgar y desentonada.
Como aquella canción que decía:
I'm going back to 505...
y camuflaba mi amor por deseo.

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