7 oct. 2010

Quién sabe por qué.

Hache, tú siempre me preguntabas si era feliz, y era difícil responder que no cuando te encontrabas tan cerca. Muchas veces pensé que ese era el comienzo de la felicidad. Y es ahora cuando me doy cuenta de que me equivocaba: esa era la felicidad en sí misma.
Sentí verdadera plenitud aquella mañana. Cuando aún no te amaba. Sentí que mi vida era mía, que me pertenecía. Sentí la verdadera libertad de elección que tenemos las personas. Es incluso extravagante que me tuviera que escapar de casa para sentirlo, que me tuviera que ir tan lejos, tan cerca del mar. A ese lugar donde reside mi alma pionera.
Nunca olvidaré esa confesión ebria de mi padre en la fiesta de 50 años de mi madre, cuando me dijo lo hermosa que le había parecido aquella fuga repentina: "...que sepas que, por mucho que me cabreara, me parece precioso que te fueras a Murcia sin decirnos nada". Y yo lloraba de emoción. Porque, en el fondo, soy muy como mi padre. Tan sensible y profunda y visceral.
Eso era lo que me pedía el cuerpo: largarme sin avisar, tener la oportunidad de ser la dueña de lo que hago; con consecuencias, ilusiones y decepciones.
El espanto de mis progenitores fue monumental, no sería menos. Imagino que, el hecho de que tu hija de 16 años salga por la puerta diciendo que duerme en casa de una amiga y se despierte anunciando que está en otra provincia, le hace a uno plantearse qué está sucediendo exactamente.
No sabría explicar porqué lo hice. Quizás me movía el encanto de la playa mientras me sentía tan sobrecogida con todo. Quizás me empujó la extraña tendencia que tengo a querer desaparecer. Imagino que las personas como yo necesitamos hacer cosas así.
Y por eso mismo lloré tanto cuando mi padre me dijo eso. Porque me enseñó que, en ocasiones, la locura que mayores consecuencias trae, es aquella que, en un futuro, más puede llegar a recomfortar. No sé en qué momento me enamoré tanto de aquel lugar. Tal y como dice cierto escritor: el corazón reside donde se encuentra la infancia. Y es tanto lo que he vivido allí que aún se me presenta increíble esa relación que mantengo.
No soy una persona extrovertida en cuanto a mis sentimientos, más bien me recojo en mis propias cavilaciones, en mi querido silencio. Pero, joder, aquella noche mi padre me tocó la fibra moral. Como si de verdad hubiera tenido sentido, como si él también lo comprendiera...

Y bailamos Think hasta el amanecer.

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