3 nov. 2010

Blue skies from pain.

La arena estaba templada y yo permanecía sentada, inmóvil, abstraída, notando bajo mis pies cada pequeño grano de esa inmensidad. La playa casi parecía otra al ser de noche.
Siempre olvido cuánto me gusta el mar.
La botella de ron animaba mis pensamientos de un modo extrañamente triste. Nunca pensé que el dolor pudiera sentirse con tal profundidad en un par de tragos: a medida que el líquido descendía, mi pesar incrementaba. Me inundaba esa clase de embriaguez que caracteriza a los bebedores crónicos. Ese querer ahogar algo que vive en el interior.
Entonces apareciste tú.
No me dí cuenta hasta que no te sentaste a mi lado y me ofreciste un Lucky. Fue como compartir el dolor, aunque ni siquiera supieras de qué se trataba. Nunca te pedí que te quedaras, pero supiste quedarte. En silencio, claro. Hablando un poco con el alma, un poco con los gestos. Tratando de difuminar mis pensamientos con tu presencia.
Siempre tuviste esa curiosa capacidad para sacarme del mundo y trasladarme a esa incomprensible dimensión de la música. Ese lugar donde no existen tiempo y espacio. Donde ahora es ahora y todo es eterno. Me hubiera quedado a vivir en ese instante, sin pensar en las horas que vendrían luego. Te hubiera dejado invadir ese tramo de mi que nadie logra tocar. Pero en el mundo real... en el mundo real todo es distinto.

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