30 abr. 2011

Me tienes calada

Volver al estado de inconsciencia y decirte que estoy de camino a tu casa, a las dos de la mañana, con varias cervezas encima y unas ganas tremendas de hacerte el amor. Reírme al pensar que voy vestida de fiesta y tú estarás en pijama, tirado en el sofá, viendo alguna película mala que están poniendo en la dos. Quitarme los zapatos dos manzanas antes de llegar a tu portal para sentir la calle directamente en la piel, y darme cuenta de que, en ese mismo instante, estoy perteneciendo a mi verdadero lugar. Y la sonrisa tímida, real, que se me escapa a cada paso que doy, acercándome a ti. Y entonces notar que el tonto cosquilleo en la tripa que siempre me sacó de quicio es ahora natural, extrañamente placentero. Entonces tú, en estado catatónico, abriéndome la puerta. Luego las escaleras, el salón, pensar que todo está como la última vez y, sin embargo, sentirlo diferente. No es el cuarto lo que ha cambiado, soy yo, eres tú, son estos meses que llevamos disfrutando de lo absurdo; y haber empezado a quererte de un modo irracional. No hay que hacer de una gota el mar, tan sólo estamos alargando la despedida para que parezca que no la estamos teniendo, que son veinte días, nada más, y otra vez me estarás haciendo cosquillas.

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