23 abr. 2012

Injusticias mortales

- Te he estado buscando por todas partes, ¿qué haces aquí...?

Mientras lo pregunto dejo que la puerta a la terraza se cierre tras de mí. El ruido del interior, la música, están ahí, pero para ella están en otro mundo, lejos, no llegan a sus oídos, no alteran sus pensamientos.

- ¿Te acuerdas de esa foto, de pequeñas, comiendo en la rampa, aquí abajo, con la lata de Fanta?

Es una fiesta, una celebración de 25 años de matrimonio; no hay que sentir tristeza, no deberíamos. Nosotras conformamos la continuación de esta familia, la siguiente generación. No hay lugar para la melancolía, no deberíamos, pero está presente. Yo también la siento:

- La felicidad es injusta.

- ¿Qué quieres decir?

Tomamos asiento, cada una se enciende un cigarrillo.

- Mira a toda esa gente. Ahí dentro. ¿Quiénes son? Sí, son nuestra familia, los mayores, pero, ¿quiénes son para nosotras? Apenas les conocemos, apenas entendemos los parentescos que nos enlazan a ellos.

- ¿A qué quieres llegar?

- Imagina cómo sería todo esto si fueran nuestros abuelos, si estuvieran aquí, si tuvieran la oportunidad de organizar esta celebración, esta cena, este baile. Imagina cómo sería la comida, la gente, cómo serían nuestros padres. No hago más que escuchar a personas hablando de ellos, de cómo eran, y no puedo dejar de pensar lo injusta que es la felicidad. Lo injusto que es que dos personas que se amaron, ahora son meros compañeros que casi no comparten vidas y que montan todo esto para fingir que tienen una vida, una felicidad, un amor, que no tienen. No puedo dejar de pensar que nuestros abuelos... seguirían amándose.

- Lo sé, y te entiendo, pero no puedes permitirte decir eso. Lo dices porque la imagen que tienes de nuestros abuelos está basada en todo lo bueno que te han contado, pero no tendría por qué ser así. Los tiempos cambian, los lugares se transforman, las personas dejan de ser las mismas, el amor se acaba.

- A eso mismo me refiero cuando digo que la felicidad es injusta.

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