7 oct. 2010

Conversaciones ausentes.

- ¿Porqué estás aqui, Hache...?
- Por favor, basta, no son horas para ponerse así...
- No, en serio, quiero saberlo, quiero saber qué era eso que decías antes.
- Yo que sé, Marta, ¡no sé explicarlo! Déjalo.
- ¿Por qué estás aquí...?
- Joder, me vas a dar la noche... ¿Quieres saberlo...? Mira, cuando te ví llorar por primera vez fue como si el mundo, ¡mi mundo!, se parara; y yo no sabía qué decir. Porque no me enseñaron a consolar a la gente. Nunca he sabido y nunca sabré. Y nunca me había molestado hasta que te conocí. Hasta que me choqué contigo. Porque eso es lo que haces: chocar, chocar contra mi vida. Y desmontarla, desmontarla como los puzzles que hacía de pequeño. Antes me daba igual, antes creía que valía con quedarme callado y escuchar, antes creía que con un abrazo bastaba para que la otra persona se sintiera bien. Pero contigo no es suficiente. Contigo es como si me sintiera la persona más tonta del universo. Porque nunca sé qué hacer. Nunca sé si me quieres o si me odias. Porque eres obstinada y cabezota y orgullosa y siempre hablas por mí antes de que yo pueda decir nada. Porque siempre vas tres pasos por delante. Y no lo sé, no sé porqué estoy aquí, ahora, contigo. No lo sé y me aterra. Me aterra porque sé que tú sí lo sabes. Y me achanta porque puede que responda lo que no estabas pensando y te siente mal. Porque no quiero defraudarte. Porque necesito que me quieras, para que cuando yo esté mal tenga a dónde ir. Y también necesito que me odies. Sé que te pido algo imposible, sé que no me vas a hacer caso pero, no me quieras tanto, Marta, de verdad, no me lo merezco. No puedo quererte. No puedo devolvértelo. No puedo. No soy empático, no tengo esa capacidad tuya para sentir con tanta facilidad. Y esa noche, al verte llorar, todo en lo que creía se hundió. Te juro que se hundió. Ya no tenía sentido. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Qué hacía una chica tan preciosa como tú llorando...? No me cabía pensarlo. Y tuve que armarme de valor. Porque te odio. Porque no aguanto que me quieras. No lo soporto. Me atormenta, Marta, me atormenta cada mañana. ¿De qué me sirve decirte todo esto? ¿De qué me sirve contarte que a veces se me traban las palabras cuando estoy a tu lado?

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