13 oct. 2010

Mi soñadora.



Yo quería regalarte una estrella para tí sola, para que la pudieras guardar en alguno de los cajones de tu escritorio y abrirlo de vez en cuando para que te diera algo de luz, para que te guardara un poco de mi compañía cuando yo no estuviera, pero resulta que no las vendían.
Entonces pensé en regalarte un cuadro de Soroya, para que lo colgaras sobre tu cama y diera algo de calor al frío de algunas noches de tristeza, pero llegué tarde, y no quedaban ya en el mercado.
Así pues investigué dentro de mi música para encontrar una canción que, al escucharla, te devolviera un poco a la vida, que consiguiera despertar esa sonrisa tímida y plácida que se te escapa cuando crees que nadie te mira, pero pedía demasiado y, aunque busqué hasta rabiar, no había melodía que me convenciera.
Por lo tanto solo me quedaba una única cosa a la que reducirme, algo que no se puede comprar con monedas, algo que no se encuentra en todas partes, algo íntimo y absurdo, algo mío para sacarte del agobio de la rutina, algo que pudieras ver para recordar, para volver a imaginar, para reflexionar y dejar volar el pensamiento durante unos breves instantes. Me reducí a escribirte. Porque a veces siento que puedo llegar un poco más hondo con palabras. Porque es lo único que se hacer. Porque es lo único que se me ocurría a las dos de la mañana. Porque estas lejos y quiero tenerte cerca.

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