20 nov. 2010

No me duele hacerte daño.

Lo siento. Sólo se me ocurre decir que lo siento. Pero cuanto más repito esas dos palabras, más parecen un eufemismo. No lo siento. No puedo sentirlo. No me duele hacerte daño. En realidad ni siquiera te valoro como debería. Puedo confesar que en algún momento te desee, sí, aún recuerdo haberlo hecho. Pero ahora no me atrae nada. Nada de lo que dices. Nada de lo que haces. Ni siquiera siento ese extraño cosquilleo cuando me percato de que me miras. Y si tuviera que pedir perdón por algo es por lo que siento. O, más bien, por lo que no soy capaz de sentir. "Siento no poder sentirte". Así hasta casi queda bonito, ¿verdad? Pero las cosas no se pueden decir de ese modo, no cuando van a desilusionar.
Entonces solo me queda el torpe recurso de esconder mi indiferencia.
Aunque acabará por dolerte.
Y el malo del cuento seré yo.

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