26 oct. 2010

Esperando lo improbable.

Hace tarde de Ciudadela y tú no tienes ganas de verano.
No me enfado, pero me da rabia que no sepas saltar al vacío.

Acabo de darme cuenta de que soy muy dada a hacer esto, a sentarme cerca de la puerta del lugar a esperar que suceda lo improbable. No sé por qué lo hago, tal vez es solo mi forma de ser. Es esa parte de mi personalidad que pocas personas tienen la oportunidad de ver. Y él no lo sabrá nunca. Y me alegro. Y me enfado a la vez. No tengo remedio, siempre he sido la parte de la relación que espera, siempre lo seré, quien sabe si para bien o para muy mal.
Y me da rabia. Me da rabia que no vayas a cruzar esa puerta y no me vayas a ver aquí sentada, escuchando música con mis casos verdes, escribiendote lo que nunca leerás. O que si la cruces pero no sepas cómo actuar cuando lo único que pido es que te sientes a mi lado y me preguntes que me pasa y sea yo quien tenga que hablar. No es tan complicado.
Pero esta clase de cosas no suceden en la vida real.
Imagino que siempre fui un tanto soñadora.
Y ya no sé si... Ya no sé...

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