3 abr. 2011

Standing in the way of control

Se droga como si no hubiera mañana, esconde el vacío en el rumor de la discoteca, confunde descontrol con libertad. Y baila. Cierra los ojos y baila. Se deja llevar por la ebriedad en un impulso salvaje. Se conoce. No. Conoce su cuerpo. Sabe el movimiento que desata la locura en el resto, en los que la miran, en los que la observan balancearse. Mucho ruido, demasiada gente. Sale, camina, intercambia miradas. El cigarrillo en los labios, la espalda contra la pared, el mechero hábil enciende el único calor que disfruta: el humo en sus pulmones. Se acerca un hombre. No. Se acerca una presa. No. Se acerca un cuerpo. Un posible candidato para llenar la cama. Se susurran palabras, rozan boca y cuello, comisuras y oreja. Ella muerde, él continúa. No hay beso, no hay amor, no hay sentimiento. Sólo piel joven, carne tierna, y cicatrices en ella. Heridas que no acabarán de sanar, que no dejarán de doler, que trata de anular con inmadurez, con droga, con alcohol, con tabaco, con cuerpos, con labios, con lenguas. Y al llegar a la cama, es a otro a quien llama, a quien recuerda.

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