27 may. 2011

Me conocen

Q, su mejor amiga y algo más, me dijo una vez que M es una simbolista. Que se necesita una lectura atenta y minuciosa si se le quiere entender, más o menos, a conciencia. Q me confesó que adora su forma de fumar, esa pausa distendida que sienta las conversaciones o enfatiza una risa. Me contó que M tiene un sentimiento fuera de lo normal. Se implica, lo siente todo muy dentro. Sufre por los demás casi más que por ella misma. Digamos que es altruísta en exceso. En ocasiones, la gente banaliza ese sentido suyo y se aprovecha. Por eso un no de su boca se clava como un cuchillo en el vientre.

M baila moviendo las piernas con aire ochentero y menea las manos por delante de la cara, haciendo uves con los dedos. Bebe, fuma, estalla en carcajadas. Después acude a casa, ya cuando el sol la obliga, y se sienta frente al ordenador a escribir sobre los corazones rotos y los amores que no serán. M no cree en la ficción, sino en los recuerdos del pasado. Usa de ellos para crear textos sobre el pesar y la añoranza, mientras anuncia con ojos tristes que la vida es guay.


Kiwi

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